CALIDAD Y PRECIO EN LOS LIBROS ELECTRÓNICOS (II)

Existe una creencia generalizada en el hecho de que Internet garantiza la venta masiva, mundial y sostenida en el tiempo de cualquier título que pongamos a la venta. Cualquiera que se haya dedicado un tiempo al negocio editorial puede atestiguar que eso es tan absurdo como estúpido; en la red no todo es gratuito ni se puede comercializar con éxito por el mero hecho de existir. Como bien apunta Nuria Rita Sebastián (de Ediciones @concarrito) en una entrada de su blog:

… me pregunto si todos estos «expertos» en internet se han parado a pensar que internet no es gratis […], que mi tiempo no es gratis (vale, en la promoción y distribución me ahorro el papel de enviar cartas y los sellos y el papel de imprimir carteles, pero tengo que dedicar mi tiempo a promocionar mis libros en otros canales, porque las cosas no se hacen solas) y además, lo digital no es gratis, porque el formato final que tenga un libro no afecta para nada (el coste de la impresión es mínimo en comparación con otros costes fijos de un libro) en todo el proceso (trabajo, personas, sueldos) por el que un manuscrito salido del ordenador de un autor […] se acaba convirtiendo en un libro.

La leyenda del libro que vendía millones

Detrás de todo libro bien editado (ojo al adjetivo) hay un trabajo: un trabajo necesario, pero casi invisible. Y para costear ese trabajo se espera que el libro venda un cierto número de ejemplares que permitan sufragar gastos y afrontar el siguiente proyecto. Por desgracia, o quizá por suerte, no todos los libros venden miles de ejemplares: hay libros de todo tipo y condición cuya expectativa de venta es reducida, o cuyo ciclo de comercialización no augura beneficios rápidos (el caso del long tail). Para emprender la publicación de todos estos textos hay que asumir ciertos gastos que son ineludibles si se quiere mantener un mínimo de calidad, y por lo tanto ello repercutirá en el precio final.

La falacia de que un libro, por el simple hecho de costar poco, va a proporcionar a un editor beneficios millonarios es tan ramplona como interesada. Ramplona porque cualquiera que conozca, siquiera un poco, el mundo editorial sabrá que las ventas medias de el 70% u 80% de los títulos no alcanzan los 1000 ejemplares; así pues, es lógico establecer unos precios que permitan la actividad editorial sin suponer la quiebra de la empresa. Y es interesada porque esas afirmaciones suelen estar en boca de dos tipos de actor: los autopublicados (a los que les interesa que no haya competencia en cuanto a calidad, puesto que en ese caso se igualan con el producto bien editado) y las empresas que venden libros baratos y soportes para leerlos (ya que hacen negocio de ello, claro está).

Cualquier lector con criterio está dispuesto a pagar un precio razonable por un libro, electrónico o impreso, si la calidad es alta. Y ojo, que digo «razonable»: es obvio que la industria editorial española ha inflado los precios a los que vendía los libros electrónicos, sobre todo teniendo en cuenta que el resultado en muchas ocasiones ha sido, como apuntaba Jaume Balmes en el Congreso de Libro Electrónico de Barbastro, el equivalente a «un Word grapado».

Pero yo quiero que los libros cuesten 1 €

Que hay libros que pueden tener un precio casi testimonial es seguro: autores que se autopublican, saldos, quizá novelas libres de derechos… Existe esa posibilidad y es obvio que en una economía de mercado cualquier editorial tendrá que jugar con esos factores para aumentar sus ventas.

Ahora bien, cada libro es un proyecto único y tiene diferentes necesidades. No es posible, ni justo, ni comprensible pretender que cualquier libro cueste menos de tres o cuatro euros; existe toda una serie de profesionales que velan porque la calidad de los libros sea la máxima posible y eso conlleva un gasto en el pago de sus habilidades. Por utilizar un símil, si quiero tener en mi casa una buena mesa de roble no puedo pretender gastarme 70 u 80 € en la macrotienda más cercana: habré de acudir a un ebanista que pueda proporcionarme ese objeto y, por lo tanto, pagarle en consonancia con sus conocimientos, el trabajo que lleve a cabo y el tiempo que le dedique a su fabricación.

Quizá el problema estriba en que hoy día no valoramos la calidad; en que nos da igual que un libro no esté bien compuesto tipográficamente, o que tenga faltas de ortografía en cada página. Quizá todos esos que claman por la gratuidad o los libros a 1 € no entienden que hay personas que dedican su tiempo y habilidades para que el texto esté editado de la mejor manera posible, y por lo tanto esperan una remuneración acorde con esa dedicación.

Fuente: Cuadratín.es

CALIDAD Y PRECIO EN LOS LIBROS ELECTRÓNICOS (I)

 

A raíz del pasado Congreso de Libro Electrónico celebrado en Barbastro y de las provechosas charlas que se mantuvieron con algunos de los participantes, uno lleva dándole vueltas al tema de la calidad en los libros electrónicos. Y la pregunta claves es: ¿cómo definimos esa calidad en lo que a ebooks se refiere?

El libro impreso y el tacto del papel

Sólo un profesional puede entender el proceso por el que se ha llegado a un resultado y puede discernir si el trabajo que hay detrás es bueno o no. Una novela, por ejemplo, puede componerse en un procesador de textos cualquiera, corregirse e incluso enviarse a imprenta; obviamente, el resultado no es el mismo que si la maquetación se lleva a cabo con un software específico, puesto que el diseño final, los elementos gráficos y el equilibrio tipográfico no se pueden controlar con eficacia con un software que no está diseñado específicamente para la publicación.

A la hora de juzgar el resultado del proceso de producción de un libro impreso tenemos la ventaja de la tangibilidad: el ejemplar en papel se puede examinar y cualquiera puede comprobar si está bien hecho o no. Por supuesto, un tipógrafo o un diseñador gráfico no lo juzgarán de la misma forma que un neófito, pero en general cualquier persona tendrá la capacidad de aquilatar el objeto.

Hasta ahora, esa valoración era un elemento importante a la hora de comprar un libro: un componente que servía para separar libros mal hechos de otros mejor editados.

El libro electrónico y el «todo vale»

Con la llegada de lo digital y la irrupción de los ebooks en el mercado de forma más o menos asidua (que no mayoritaria) asistimos a un derrumbe de las exigencias de calidad. Ahora se clama por la importancia del contenido frente al continente: es decir, que lo que importa es el texto, no el soporte; una afirmación no exenta de verdad, pero que encierra una serie de consideraciones secundarias.

Cuando hablamos de contenido frente a soporte parecemos aplicar al texto una importancia capital, cuando en el resto de productos que consumimos no es así. Buscamos tomates rojos y frescos; compramos smartphones de gama alta con bellas líneas; amueblamos la casa con hermosas estanterías de diseño… La ilusión de esa oposición contenido vs. soporte sirve, creo yo, para justificar el que el coste tenga que abaratarse. Tanto es así que se afirma con rotundidad que el coste de producción de un libro electrónico tiende a cero, ya que el trabajo previo está hecho y rentabilizado.

La falacia del coste de los libros electrónicos

El problema estriba en que no todos los libros son iguales, aunque sí que merecen producirse en igualdad de condiciones. Con esto quiero decir que, como bien apuntaba Jorge Portland en la excelente entrada de su blog, «Enséñame la pasta»:

[…] a día de hoy, la mayoría de los libros electrónicos que se venden no son rentables económicamente. ¿Hay libros que recuperan la inversión de producción? Sí, los hay, pero son la minoría. El resto tienen que sobrevivir con 1 o 2 descargas al mes (o menos) a precios que no cubren ni el coste de mantenimiento a la venta de esos títulos.

Editar y producir un libro electrónico siempre tiene un coste. Por supuesto, no es lo mismo poner en el mercado una novela de 300 páginas que un libro de matemáticas de 400; mientras que la primera tendrá un coste de producción casi residual, la conversión del segundo puede requerir una inversión casi similar a la efectuada para su publicación en papel, puesto que tendremos que corregirlo de nuevo, convertirlo a código con suma atención, editarlo convenientemente, etc.

¿Calidad; qué calidad?

La calidad pasa a un segundo plano cuando entra en juego la valoración del libro y las apreciaciones sobre su coste. Esos lectores que se echan las manos a la cabeza por el abusivo precio de un libro electrónico (y que posiblemente jamás pisaron una biblioteca) no reparan en que la producción de un libro conlleva un proceso en el que intervienen varios profesionales.

El hecho de que una novela de un autor que se autopublica (por ejemplo, con Amazon) puede tener un coste realmente bajo porque no ha pasado por ningún filtro: lo más probable es que no haya sido corregida de forma profesional, y por supuesto ningún editor ha puesto una mano sobre ella; de manera que el coste que el autor considere oportuno sólo repercutirá en su bolsillo (y en el de Amazon, claro, que no está en este negocio por un súbito amor a la cultura…). Dado que muchos de estos autores están más interesados en darse a conocer que en hacerse millonarios muy rápido (más adelante, ya se verá), es lógico que abaraten sus libros para que la difusión sea la máxima posible.

Frente a esta situación tenemos la de un libro de un editor tradicional. En este caso habrá algunos procesos ya realizados (supongamos que la corrección, por ejemplo, no es ya necesaria), pero otros son ineludibles: conversión a formato digital, edición y revisión final, distribución y promoción. Incluso dando por bueno aquello de que convertir un libro a formato electrónico es coser y cantar (trataremos el asunto en otra entrada), o que la distribución para los formatos digitales es virtualmente gratuita (falso), tenemos dos gastos que abultan nuestra factura: la revisión y la promoción. Y ni siquiera entramos en considerar los gastos generados por la traducción de un libro en lengua extranjera.

Fuente: Cuadratin.es